jueves, 17 de septiembre de 2009

Lo único que debería decir

Sabía que mi abuelo no estaría allí cuando llegué. Estaba muerto, y las cenizas de su cuerpo ya cremado estaban almacenadas en algún recipiente que, en aquellos momentos, sólo podía considerar parte de mi propia imaginación; ¿un jarrón cilíndrico, crudo, de color gris oscuro, o un jarrón blanco con flores, al estilo chino de la porcelana, o tal vez un simple recipiente de plástico higiénico negro?

¿Importa realmente? Por supuesto que no.

Sin embargo, y a pesar de los interminables pensamientos traidores y casi morbosos que invadían mi mente, me daba la impresión de que había algo que faltaba cuando llegaba al chalet de mis abuelos, en el pueblecito de Urroz. Supe de inmediato que no había "algo", sino "alguien" que, más que ausencia, marcaba soledad. Por supuesto, sabía de antemano qué era.

Era demasiado evidente que mi abuelo no estaba allí. Había una fotografía suya, con el rostro joven y circunspecto, en el salón, de riguroso blanco y negro, como un luto cromático, como un recuerdo cristalizado. Y era evidente que la belleza de la vida ya no residía en aquel recuerdo; sólo se preservaba, perdurable, la belleza de la humanidad, con sus virtudes y sus defectos. Pero sólo era parte del árido, aunque familiar panorama, del salón del chalet. El resto del paisaje era igualmente triste, pero persistente en sus tentativas de preservar la vida entre sus paredes.

Mi abuela estaba a ratos algo próxima al llanto y un poco perdida la mayor parte del tiempo; una pareja de amigos de la familia, los Marqueses, leyendo él y cocinando con deleite ella; las hermanas de mi padre, cada una con sus vidas y sus cosas en la cabeza, con sus respectivos hijos revoloteando; mis padres, algo constreñidos en un ambiente al que no estamos habituados tanto por falta de costumbre como por excesivas diferencias de personalidad; todo parecía fluir en torno a la oquedad que presentaba la realidad donde solía estar mi abuelo, don Pedro López, doctor y padre de seis hijos. Y una persona sencillamente ejemplar, aunque un poco distraída. Una parte de mi, que ya no está. Y se le nota que no está.

Es fácil sentirse algo desesperado ante la primera muerte de un familiar tan cercano. Para mi, no hay antecedentes, podría decirse. Y no me consideraría en mis cabales si hubiera dicho antes que pensaba claramente en cómo reaccionar ante la muerte de alguien que, en honor a la verdad, significaba mucho para mí.

Es triste pensar que no le acompañé tanto como hubiera debido, y que no debería haberle dejado tan de lado en los peores momentos como le dejé. Puedo aducir ciertas excusas, como mis estudios o la lejanía física entre nosotros. Sin embargo, nada sirve como razón en contra.

Y ahora, cualquiera se daría cuenta de que no está, de que ya no está. Se puede tener la idea y consciencia de que no está, a pesar de la extraña y reconfortante alegría que siempre reina en el chalet, a pesar de las sombras proyectadas por la memoria donde ya no hay nada que pueda proyectarlas, generando esa anomalía que aparece en la vida de los que viven para contemplar el vacío: la nostalgia.

Tuve la mala suerte de tener dos familias desde el principio: una paterna y otra materna. Claramente diferenciables, raramente reunidas, permanentemente separadas por una distancia de cientos de kilómetros. Definitivamente aisladas, definitivamente irreconciliables; no debido a la mala voluntad de una u otra, sino a la imposibilidad física de conciliar visitas debidamente equitativas a ambas. De este modo, fui perdiendo de una y ganando de otra un conocimiento más o menos reducido, pero suficiente como para considerar a una más próxima que a la otra. Esta perspectiva desapareció conforme maduraba, conforme crecía y, con mi crecimiento, la distancia se convertía más en un factor que en una constante universal e insalvable. Me percaté de la situación; tarde como para cambiar algo, claro, pero lo bastante pronto como para obviar la situación y evadirla. Una respuesta indudablemente adulta, pero decididamente inmadura, podría decirse.

Sin embargo, una de las personas que formaban parte de mi, de mi vida, de nuestras vidas, ya no está ahí, donde debiera. Eso no deja de resultar extraño; y, antes que eso, insoportable.

Por ello mismo, por primera vez en mi vida, me veo impelido a no pensarlo demasiado y a no preocuparme por ello más allá de lo inevitable. Creo que, cada día que pasa, estoy un poco más cerca y un poco más lejos del momento fatídico, de imaginarlo como realmente fue, de tocar la última espiración de mi abuelo, de sentirla realmente cerca.

Al principio, no me di cuenta. Después, ya no era necesario darse cuenta. Simplemente, era algo que había ocurrido. Que no se podía cambiar. Nos tragamos las lágrimas e ignoramos la situación en la medida de lo posible. Si es que tal cosa era posible. Continuamos hasta que nos quedamos sin tareas, luego nos buscamos otras, y, al final, caimos lo bastante rendidos al cansancio como para evitarnos la molestia de pensar.

En ese evento, tras el que, prácticamente, sufríamos, aprendí que lo mejor que podía esperarse de la vida era, precisamente, ninguna tregua. No es algo nuevo, ¿verdad? Bien; eso se debe que no hay un Dios que evite cuidadosamente el ahogarnos al apretar. No hay ninguna forma de saber si un problema se seguirá de otro o no; las cosas siempre pueden empeorar antes de mejorar, y es habitual que así lo hagan.

Ese es el único trato que uno puede esperar de la vida. Si no fuera así, tendríamos un mundo probablemente más feliz; y bastante más sencillo. Todos tenemos pequeñas (y grandes) tragedias en nuestros días, y a veces se concatenan en una sucesión inexorable, sin ningún sentido de la misericordia, a veces incluso a través de nuestros semejantes. Pero, al poder manejarnos en consecuencia, aprendemos a sobrevivir en un mundo difícil, riéndonos, incluso, buscando un lugar, una posición, una postura cómoda para nuestro sufrimiento, para nuestro carácter y para nosotros mismos. A veces, llegamos a disfrutar. A veces, atisbamos y experimentamos la felicidad.

Vivimos y aprendemos. Eso es lo más importante. Que, a pesar de que perdemos, de que padecemos y de que tenemos que continuar hacia delante, realmente podemos continuar hacia delante. Somos seres humanos. No se nos conoce por nuestra capacidad para rodar por la ladera y quedarnos en el fondo del barranco; se nos conoce por nuestra capacidad de levantarnos una vez estamos listos para volver a caminar.

Lo que, hay que reconocerlo, puede resultar en una nueva excursión rápida a lo largo de la ladera. Hay que reconocerlo, es duro ser humano. Pero al menos nos volvemos a levantar. Eso nos distingue de los cantos rodados.

Y de los cadáveres.



El día 26 de este mes, sábado, esparciremos las cenizas de mi abuelo Pedro en una pequeña parcela de la huerta del chalet en el que vivió sus últimos meses. Después, dejaremos que crezca en dicha parcela una planta de hierbabuena. Él dijo dónde quería que reposaran sus restos. Nosotros elegimos el lugar concreto y el momento de la ceremonia, si es que merece la pena ese nombre. Supongo que por eso escribo y publico esto. Supongo que por eso estoy puedo escribir y publicar esto. Supongo que el recuerdo que tengo de mi abuelo merece algo más que una elegía muda.

Y aquí está. Nada mejor, me temo; en absoluto lo que mi abuelo merecería, y apenas lo que mis recuerdos reflejan. No en vano, no es más que una forma de volcar lo que siento, lo que me ha rondado la cabeza desde este junio. Nada más. Nada menos.