
Durante algún tiempo, me he dedicado a planteármelo. Esta claro, sin ninguna duda, que nuestra obsesión como sociedad por las armas y por guerras, por los conflictos, queda reflejada en el cine, los videojuegos, la publicidad y todas las expresiones culturales correspondientes. Somos una sociedad enferma, sin cura. De hecho, a veces me pregunto si la alternativa no sería algo sosa, pero pienso rápidamente en el caos postbélico de países arrasados por las armas (se me vienen a la cabeza Hiroshima, Berlín, París, Londres... pero también Bagdad, Fallujah, un sinfín de nombres exóticos que tendría que relacionar con las Mil y Una Noches, no con la guerra).
¿Deseamos de verdad el conflicto? Bueno, tal vez sí. Pero hay conflictos y conflictos. El arma perfecta para cierta clase de conflicto es, sin duda alguna, la palabra (me permito citar al poeta: la poesía es un arma cargada de futuro). Por desgracia, ¿qué hacer cuando te viene un gallardo caballero medieval, lanza en ristre, o un honrado padre de familia alemán con casco picudo y rifle, o un hábil marine estadounidense con M16, todos ellos enarbolando intenciones algo menos elaboradas que la de citar poesía? Ese es el tipo de conflictos que podrían plantear dificultades.
Al fin y al cabo, caramba... ¿quién crea las dificultades que provocan muertes? ¿Cambiarían las cosas si la gente del mundo tuviera más armas con las que defenderse, si el nivel de amenaza de todos los países hacia otros fuera el mismo? Al fin y al cabo, fue esa semejanza en el nivel de potencial militar el que equilibró y retuvo el despropósito de la Guerra Fría. Por otro lado, es un equilibrio basado en las armas nucleares, y nadie puede negar que son las armas más diabólicas jamás creadas, ya que, para que surtan algún efecto, es necesario demostrar su potencial al menos una vez; esto ya ha ocurrido, pero quiero creer que el mundo no lo ha olvidado. Por todo ello, y en el
súmmum de la ironía, se impone esta pregunta: ¿es bueno mantener armas nucleares engrasadas y a punto para mantener la paz?
Por otro lado, resulta muy interesante el hecho de que
miles de millones de euros (o de dólares, que es la principal moneda de los traficantes de armas)
sean desviados constantemente a la producción y compraventa de armamento cuyo uso no es disuasorio, sino directamente
letal. Los gobiernos recurren a las armas como quien recurre a los insecticidas, para librarse de situaciones molestas. El problema detrás de estas acciones armadas es que las "situaciones" son personas.
Sin embargo, el exponente más enfermizo de todo el juego de las armas llega cuando se legitima la posesión de armas...
armas en manos "civiles". Seres tan humanos como los propios militares o los policías, pero cuyos actos están constreñidos sólo por el difuso código penal de cada país, y no por un reglamento, una disciplina o un uniforme. Es fácil que los "profesionales" armados pierdan la cabeza en un momento dado (como ocurre con todos aquellos a los que se le da un poder para el que no son lo bastante maduros o tengan un férreo autodominio, supongo), pero es igual de fácil que una persona normal pierda los nervios en un momento dado y se decida a matar a alguien. Un vecino, un transeúnte al azar o su esposa, da igual: así son las ansias asesinas. Coge un cuchillo, o una barra metálica, y no para hasta a matar a alguien. Así puede llegar a ser una persona. Vale. Ahora, ponle en las manos a esa persona un arma de fuego.
¿Alguien más ve el problema de las armas?
Al principio, creía que la mejor arma es la que no se emplea. Por desgracia, conforme más lo pienso, me he dado cuenta de que tener un arma nuclear equivale a tener siempre un cierto riesgo de guerra nuclear. Por ende, no merece la pena tener armas nucleares. Si progresamos con este razonamiento, la abolición de las armas es, más que sensata, inevitable a largo plazo.
Sin embargo, en nuestro mundo, en el que la violencia se considera ya tan dentro de nosotros mismos que
se acepta como inevitable ("está en los genes", "necesito descargar adrenalina", "si no lo hago reviento", etc), no se puede manejar la retirada de las armas como forma de defensa, aunque sean las porras y los escudos antibalas, porque siempre aparecerán asesinos. Si me apuras, también es muy fácil que aparezcan terroristas que intenten resucitar las armas y mover el mundo a través de la violencia. No lo sé. Sólo sé que las grandes revoluciones coinciden con intensas resacas sociales que no suelen ser buenas para casi nadie, y nuestro organizado mundo occidental, tan civilizado y ordenadito, sería bastante inestable si nos empeñáramos a retirar todas las armas del mundo en una noche.
¿Y cómo vencer esta barrera de inercia cultural que son las armas en manos de particulares? Bueno. Es fácil.
Empleando el arma perfecta: la educación.No basta con educar a unos pocos, o con educarlos en valores sencillos y prefabricados. No vale darles una sarta de divertidos principios de
Fisher Price. No es suficiente el ofrecerles ceras de colores para que pinten un dibujito con la paloma de la paz (nótese que las palomas son blancas). Debemos educar a sociedades enteras, sin marginar a nadie, en la idea básica de que la violencia no lleva a nada nuevo. Si queremos conseguir sobrevivir a la violencia y al consumismo, debemos entrenar a las generaciones venideras en
los principios de la resposabilidad y de la tolerancia al prójimo. Debemos extirpar la necesidad de la violencia (al menos, de la violencia real, del maltrato doméstico e institucional, de los conflictos entre comunidades, etnias o religiones...) en la gente. Para ello, no debemos recurrir a programas de condicionamiento a lo Mundo Feliz, ni reinventar la reeducación de la Naranja Mecánica. Valdría, simplemente, con ser coherentes y constantes en la educación, ya desde una temprana edad.
El arma más poderosa, pues, no es la palabra (por sí sola). Tampoco es la bomba atómica. El arma más poderosa no es un cañón de más calibre, ni una ametralladora con más balas, ni un misil más explosivo. El arma más poderosa no es ni siquiera la astucia al estilo de César o de Sun Tzu de desanimar a los enemigos antes de la batalla, disuadiéndoles de la lucha. El arma más poderosa no es ni tan sólo la capacidad para eliminar los motivos de la lucha, porque es virtualmente imposible en nuestro marco social. No. El arma más poderosa es la educación. Puede darnos una generación de Juventudes Hitlerianas o una generación del 27.
Así que, si hay algún estudiante de Magisterio leyendo esto,
¡curráoslo, que el mundo está en vuestras manos!
(Las imágenes: Un marine norteamericano en mitad de un fregado de los de calibre grueso; lógico que pierdan la cabeza. Un póster de un webcómic de gamers, Ctrl+Alt+Del, al que dedicaré su propia crónica de videojuegos -de antemano repito que la relación específica entre violencia y videojuegos está por demostrar- y, por último, un esquema MUY interesante sobre la división de fondos de los presupuestos norteamericanos (nótese la diferencia entre educación y gasto militar, por favor... Y recordad: la mano que mece la cuna es la mano que domina el mundo.)